La emotiva carta de Fernando Torres a todos los atléticos

Cuando era pequeño nadie entendía porque quería llevar la camiseta del atleti al colegio cuando había perdido el anterior . Yo sabía lo que tendría que soportar, pero no me importaba, me hacía más fuerte. Sabia que un día el atleti tendría un equipo que nos representaría , que costaría mucho trabajo , pero lo íbamos a conseguir.

Gracias a todos mis compañeros que lucharon conmigo en Segunda , fueron años duros pero nunca llevé con más orgullo nuestra bandera que cuando no la quería nadie. Gracias también a los que lucharon en los años de transición y los que empezaron a ganar porque de todos ellos es una parte de esto. Gracias también a las generaciones anteriores que me sirvieron de inspiración. Pero sobre todo gracias a los que hoy son mis compañeros , que son esos que soñaba cuando era niño que un día llegarían a mostrarnos a todos que el atleti es mucho más que ganar, pero ganar sabe diferente. Estoy muy orgulloso de ser parte de ellos, los elegiría siempre.

Y gracias afición por hacerme sentir tan afortunado , nunca necesité un título para sentirme el jugador más querido del mundo, pero ahora os debo un poquito menos.

He necesitado toda una carrera para conseguir estar donde me prometí cuando tenía 11 años, y os aseguro que ha merecido la pena.

Os espero a todos el domingo.

Gracias por tanto y perdón por tan poco

#forzaatleti”

Fernando Torres

Relato de uno del Aleti

En pleno debate sobre la felicidad y el sentido de pertenencia, va el Atleti y se mete en la final de la Europa League. Alguno pensará que eso lo explica todo. Yo creo que eso no explica nada.

En la Piazza del Campo de Siena se celebra todo los años una famosa competición. Para la mayoría de la gente no es más que una pintoresca carrera de caballos. Para los sieneses es una metáfora de la vida. Hay dos formas de vivirla. Están los que animarán (y apostarán) por el mejor y que, ganen o pierdan, abandonarán la ciudad con un suvenir en la maleta. Están también los que, aun sabiendo que lo tienen prácticamente imposible, animarán siempre al caballo que corre con los colores de su barrio.

Tengo la sensación de que una gran mayoría de colchoneros entienden su militancia rojiblanca como ser zurdo, pelirrojo, barbilampiño o tener un lunar en la mejilla. También como elegir ser cooperante en Bangladesh, profesor de latín en el siglo XXI o estudiar Mecánica Cuántica. Algo que no te hace mejor ni peor que nadie pero que te distingue y te condiciona. Para bien y para mal. En ese lado de la vida las cosas se entienden de una manera particular que no tiene por qué ser la correcta pero que es genuina y verdadera. Una forma que nadie debería poner en duda o tratar de manipular. Especialmente si se hace desde el desconocimiento, la ignorancia o el rencor. En ese lado de la vida renegar de tu equipo cuando pierdes es como dejar de querer a tu hijo porque ha suspendido un examen. Es como abandonar a tu perro, ese que es el único que se alegra de verte por la noche, cuando en verano resulta ser un problema para irte de vacaciones.

En ese lado de la vida se sabe perdonar la derrota pero no la traición. Se convive naturalmente con los errores humanos pero se reniega del que se esconde. Se premia al valiente aunque tropiece. Se denuncia al cobarde aunque meta gol. En ese lado del mundo se asimila la derrota como una posibilidad y jamás se condiciona la felicidad a factores externos como la suerte, la política o la cuenta bancaria. Se ríe y se llora. Se pisa el suelo sin dejar de soñar porque entonces no tendría sentido seguir pisando. En ese lado de la vida se celebran los éxitos como corresponde, a lo grande y en familia, pero ninguna victoria tiene sentido si para conseguirla tienes que dejar de ser tú mismo.

El Atleti vuelve a meterse en final europea que jugará otra vez en Lyon, frente al Olympique de Marsella, treinta y dos años después de aquella otra final europea en la que unos “rusos” de Kiev pasaron por encima. Lo hace desde su nuevo estadio, ese Metropolitano que ayer lucía como los ángeles y que empieza a dejar intuir lo que puede ser en el futuro. Lo hacía frente a unos londinenses frustrados y aturdidos pero conscientes también de lo que tenían delante.

¿Y el partido? Bueno, en este lado de la vida hay veces que lo que pasa en el campo es como esas vacaciones de juventud en las que recuerdas lo bien que te lo pasaste con tus mejores amigos pero no dónde estuviste. Todavía fresco en la memoria, podemos convenir que vimos un Arsenal muy bien plantado pero incapaz de hacer daño en las áreas. Que enfrente había un Atleti consumido y jugando en reserva pero con tres piezas de relojería fina en un engranaje industrial que pocas veces falla. Oblak, imponiendo solidez. Griezmann, muy por encima de sus semejantes, abusando de compañeros y rivales. Diego Costa, dando un clinic gratuito de lo que debe ser un delantero centro de élite.

Sin poder renovar el equipo en verano, con jugadores que ya no valían un año antes pero que tuvieron que quedarse, con un estadio nuevo y frío al que se llegó más de un mes después de empezar la competición, con parte de la afición perdida frente a un escudo que no reconocían, con lesiones inoportunas, con la mala suerte en el Olímpico de Roma que acabo en la pesadilla de Qarabag, con un permanente estado de juicio respecto al juego, el estilo, la posesión o las corbatas del entrenador, con unos medios de comunicación echando aceite hirviendo con cada atisbo de resbalón, con la amenaza permanente de la huida de los mejores jugadores, con un nutrido colectivo de histéricos protestando desde el nuevo graderío y con dieciséis jugadores de campo al borde de la extenuación, el Atleti de Simeone (sí, de Diego Pablo Simeone), vuelve a meterse en una final europea. La quinta desde que el argentino llegó hace seis años.

¿Milagro? No lo sé. Quizá lo explique mejor las palabras del Mono Burgos ayer en rueda de prensa. “Nosotros no creemos en la suerte. Creemos en el trabajo”.

A este lado de la vida ya éramos felices. Ahora además estamos muy contentos

Reflexión de vida

A veces me pongo a hacer una evaluación de mi vida.

En una de esas me encontré con la historia del piloto Michael Shumacher.

Cuando estudié su currículo como deportista vi que él fue:

Ganador del Grand Prix en 1991.

7 (siete veces) campeón mundial de Fórmula 1.

La felicidad le sonreía, estaba de su lado, pero en un aciago día, esquiando en los Alpes franceses, su historia y su destino cambiaron completamente….

Hoy, con apenas 44 kilos de peso, lucha para “sobrevivir” desde diciembre de 2013.

Su esposa comienza a vender sus bienes para cubrir los gastos y así poder mantenerlo vivo en una habitación adaptada en su casa, donde yace como un vegetal.

Aquí viene una pregunta:

¿Quién es mejor qué quién?

La vida puede tomar rumbos jamás imaginados.

Es increible cómo en un instante todo puede cambiar.

Y en ciertas circunstancias de nada sirven

Dinero,

Títulos,

Fama,

Éxito.

Poder.

Todos somos iguales.

Entonces ¿Para qué el orgullo?

¿Para qué la arrogancia?

¿Para qué los apegos a los bienes materiales?

Todo lo que tenemos es día a día para que lo vivamos con pasión y disfrutemos al máximo, haciendo el bien y llenos de alegría.

Necesitamos dejar de crear problemas, reclamar cosas insignificantes Y mucho menos que “algo nos quite la vida”.

Como en el juego de ajedrez, al final tanto el Rey como el Peón se guardan en la misma caja.

Vale la pena examinarnos sobre lo qué hemos hecho.

Nacemos sin traer nada……

morimos sin llevarnos ¡nada!

absolutamente ¡nada!.

Y lo triste es que en el intervalo entre la vida y la muerte, peleamos por lo que no trajimos y aún por lo que no llevaremos…

Pensemos en eso,

vivamos más, amemos más. Perdonemos siempre y ¡seamos más felices!

Quiero compartirlo con cada uno de vosotros pues me ha parecido una interesante reflexión.

Ojalá nunca se nos olvide que, para ser grandes:

HAY QUE SER HUMILDES.

Feliz noche.